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Avenida Chapultepec en transformación para el ciudadano que no es ni será

acueducto

Hace unas semanas estuve de visita en la Ciudad de México, mi ciudad natal y en la cual no vivo desde 2008. Llegué después de dos años sin visitar con ganas de –re-conectar con la capital mexicana.

Como buen peatón, durante tres semanas recorrí lo que comprende el Centro Histórico, Polanco, Anzures, Tacubaya, Colonia Juárez, Roma, Condesa, Nápoles, del Valle, etc. Mucho seguía igual, mientras otras cosas habían cambiado. Cosas me alegraron y otras me decepcionaron. Lo cierto era que la Ciudad de México seguía siendo la ciudad que refleja de manera muy clara as contradicciones que azotan al país.

Las contradicciones esta vez se resumían en un proyecto que hacía ruido por doquier: El Corredor Cultural de Chapultepec. Un proyecto dirigido al reordenamiento espacial y vial en una arteria principal de la Ciudad de México a la cual le urge hacerse de mejores vialidades y espacios públicos. Pero hasta allí llegó, en la teoría pretende cosas buenas, en la práctica un proyecto cocinado a medias.

A lo largo de unos días me dediqué a recorrer la avenida, cruzarla y experimentarla como cualquier otra persona que utiliza la vía día a día. Como muchos usuarios, peatones, motoristas, ciclistas y demás, nada me sorprendió y llegué a la misma conclusión que muchos comparten:

A Avenida Chapultepec sólo la salva su acueducto…

Las baquetas son irregulares y se disipan a la nada conforme uno se acerca a metro Chapultepec; muchos peatones se aventuran al territorio de la banqueta inexistente. La experiencia desde la glorieta hasta metro Chapultepec es incomoda, ruidosa y algo dañina para la salud pulmonar. Cruzar de un lado al otro es una odisea, los diez carriles fungen como ríos de motoristas que poco respeto le tienen al peatón; uno tiene que cruzar a paso redoblado para llegar al otro lado de la avenida antes de que el semáforo de salida a los automóviles. Y sobre ellos ni hablar, entre la lateral, los carriles centrales y el desorden en los cruces, la capacidad de la avenida quedó rebasada hace décadas.

Los días que paseaba la avenida, los expertos criticaban, los proponentes defendían y la ciudadanía como siempre pasaba desapercibida. No dudo que el GDF y ProCdMX haya hecho su tarea y tenga una investigación robusta espacial tal como plantea Simon Levy. Sin embargo, que un proyecto estratégico se haya planteado, propuesto y otorgado a puertas cerradas es un error y un insulto a los vecinos, transeúntes y visitantes.

Uno no tiene que ser experto en temas urbanos para darse cuenta la falta de responsabilidad que carga tanto el gobierno de Mancera como la propuesta del despacho del arquitecto Fernando Romero. Mancera pretende lucir una avenida que quiere volar cuando no tiene la capacidad ni para gatear.

A Fernando Romero, por obra de magia se le otorga nuevamente un mega-proyecto cuyo único punto de venta es un segundo piso glorificado con tienditas. Si el señor es tan bueno como para saltarse consultas ciudadanas, concursos públicos y demás, ¿por qué pretende crear una barrera física entre dos entidades que históricamente han estado conectadas? ¿Por qué crear un corredor comercial en una zona caracterizada por su rica variedad comercial? ¿Por qué y tantos por qués?

Por un lado se vende progreso cuando en se invierte en retroceso. Estos proyectos claramente carecen de dirección estratégica: más segundos pisos, más avenidas para coches y más monopolios para obras que, o son obsoletas o lo serán en 10 años. Es una verdadera pena que tanto el GDF como la iniciativa privada carezca de visión para una ciudad que necesita obras estratégicas de largo plazo y no “obritas” estandarte para posicionarse en su siguiente campaña política o llevarse la concesión para lucrar a largo plazo a expensas del ciudadano.

Este proyecto refleja que las contradicciones de la Ciudad de México son las grandes contradicciones  que azotan al  país: un país que opera a dos velocidades, el país que aspira a ser una gran economía global y desarrollada, y el país cuya ciudadanía no puede aspirar a mucho por las trabas estructurales que se presentan a diferentes escalas socio-económicas.

El último día de mi visita crucé de la Zona Rosa a la Condesa a través de la Glorieta de Insurgentes. Allí había un pabellón y un portavoz del GDF hablando y presentando el “proyecto”. Caminé, le eché un ojo, después de unos minutos me alejé y me quedé para ver si alguien se acercaba al pequeño pabellón informativo. A pesar de que era hora pico, nadie se acercó ni a curiosear al portavoz que filmaban ni a ver sobre qué trataba el contenido del pabelloncito…

“Si tú no vives aquí, ¿por qué te quejas?” Algunos me preguntaron durante mi visita. “Porque es lo mismo, la nueva avenida quién sabe para quién va a ser.”